jueves, 16 de julio de 2026

Sobre irse y permanecer

 Nos han dicho mucho tiempo, o quizá lo leí por ahí, que morimos dos veces, una vez de verdad, cuando dejamos de respirar, y la última y definitiva muerte, cuando la última persona que nos recuerda deja de pensar en nosotros. 

Y pues, en el gran esquema universal, en millones de años de existencia de la tierra que ahora pisamos y arruinamos, quizá no seamos más que una mancha innecesaria, que se ha creído demasiado grande. 

Y sin embargo, vivimos, sentimos, amamos, reímos, lloramos, amamos, vivimos las dos caras de la vida una y otra vez, y toda la gente, por una u otra razón, deja algo en nuestras vidas. La sangre, aparte de ser ese líquido que nadie quiere ver pero nos llena de vida, también implica gente que va a estar unida a nuestra concepción y percepción de la misma vida. 



Cuando éramos niños, cada cierto tiempo mamá nos llevaba a visitar a mi tía Josefina. Mamá fue hija única, pero Josefina López, la hermana más pequeña de mi abuela, fue nuestra tía honoraria. 

Josefina López era una mujer bajita, morena, con el semblante curtido por la escasez, pero la sonrisa siempre presta porque en su vida había cultivado la esperanza por un futuro mejor, que nunca llegó, y aún así jamás perdió la fe. 

Después de la muerte de mamá, estuvimos más en contacto con mi Tía Josefina, porque sabíamos que, al igual que mi abuela, son restos de un tiempo caduco, reliquias valiosas que sobreviven por poco, y a las que cuesta mucho entender, pero muy poco querer. 

Hace unas semanas, justo para el cumpleaños 84 de mi Tía, falleció en la cama de un hospital. La despidió un centenar de personas en su entierro en el cementerio de Coatepeque donde también está enterrada mi bisabuela Celedonia, la viejita a la que obligaron a casarse a sus 14 años, tuvo 14 hijos y que murió, también a sus 84 años. Todavía la recuerdo en nuestras últimas visitas, hablándonos de como ella seguía yendo a la Iglesia, y como seguía ayudando a quien lo necesitara, ya que, al nunca haber tenido hijos, no tenía más qué hacer con su minúscula pensión. De eso dieron testimonio varias personas durante el entierro. 

Mi Tía Josefina no era fácil, era sonriente, pero al ser criada en otro tiempo, siempre relacionaba todo con la biblia. Por eso quizás, siempre me decía que yo cumplía con los mandamientos de la ley de dios, por cuidar a mi abuela. Yo, ateo, me estaba ganando el cielo, según mi tía.  Y cada vez que hablábamos por teléfono, me llenaba de bendiciones, "qué la virgen te cubra con su santo manto", terminaba siempre. 

En las familias pobre y llenas de hijos, siempre hay un designado para cuidar a los viejitos. Esa fue mi Tía Josefina, que cuidó hasta el último día a sus padres, mis bisabuelos, mientras la mayoría de sus hermanos hacían sus vidas como es ley natural. Quizá por eso es que mi mamá nos inculcó ese sentimiento y principio latino sobre la importancia de la familia. Quizá por eso aprendí a atarme tanto a mi sangre. 

Ahora todo lo que quiero es que mi Tía Josefina tenga un rastro en este internet que nadie va a leer. Y hasta que se borre todo esto, aunque un día, quizá muy cercano, yo ya no esté acá, aun haya alguien que, probablemente por error, o casualidad, entre a este blog y lea que alguna vez existió esa viejita sonriente. 



Gracias por todo, Tía Josefina.

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